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viernes, 8 de febrero de 2013

Misceláneas judías para la pausa del Sábado

28 de Shevat de 5773
 


Las genealogías (capítulo XXIV)
de Margo Glantz

Los pasaportes eran largas hojas, tamaño oficio, escritas por los dos lados, con un retrato de un joven, muy joven, idéntico a mi sobrino Ariel que sonríe con los ojos y que es mi padre, un adolescente que se casó con mi madre y emigró con ella, de repente, como relámpago (así deben haberlo sentido mis abuelos) hacia tierras lejanas y tropicales de las que nunca regresó. Para salir de Rusia mi papá tuvo que dar también algunos tcherbontzes de oro con los que pudo doblegar su edad una vez y aumentarla otra: la edad límite oscilaba entre veinte años y veinticuatro, él tenía veintidós. En una ocasión unas monedas de oro le otorgaron un nacimiento cabalístico y redondo como el fin del siglo: el oro lo colocó del otro lado, justo en 1899, diciembre. otra vez el oro lo situó en un número menos uniforme y menos significativo, en 1904. Triunfó el fin de siglo y mi papá llegó a México con un pasaporte que ostenta la primera fecha. Mis padres salieron para Moscú donde estuvieron dos meses, de enero a marzo de 1925, se alojaron en casa de una pariente de mi madre que albergaba konsomoles: era una casa transformada en caserna, casi en hospital o en gimnasio, con las camas divididas unas de otras por cortinas hechas con sábanas. Allí se quedaron de contrabando. En Moscú le ofrecieron a mi padre un puesto administrativo al que tenía derecho por ser de ascendencia proletaria, procedía de una colonia agrícola y se había dedicado a las labores del campo. Mi padre prefirió salir rumbo a América donde le esperaban sus parientes y a la que llegaría luego, en noviembre de 1925, su madre. Al llegar a Riga en ferrocarril se enteraron de que la frontera de los Estados Unidos ya no era libre y decidieron irse para Cuba: era muy fácil y barato. Pasaron por Berlín, y en Amsterdam los esperaban representantes de una organización internacional judía, la Haias, para proporcionarles alojamiento y algo de dinero. Mi madre vendió sus vestidos en Moscú, y con ese dinero salieron para América.


-¿Pensabas que ibas a regresar a Rusia alguna vez?
- No. La salida de Rusia entonces era libre. Tu tío todavía pudo salir en el 28, sí, tu tío Volodia. Eran los comienzos del régimen de Stalin.
- Yo todavía recuerdo a Trotski cuando pasó por Odesa, rumbo a Crimea, iba envuielto en una gran capa.
- Sí, en Amsterdam, no, no era Amsterdam, era Rotterdam, allí me enfermé, creo que de calentura y el representante de la Haias me trajo unas cápsulas de aceite de ricino, tan gordas que nos se podían tragar. En México las guardé durante muchos años como recuerdo. Al final de nuestra estancia en ese puerto llegó ese cheque del que te hablé y los demás, todos contentos, llegaron a avisarnos que llegó dinero, porque todos los demás tenían dinero. El barco se detuvo en Santander, último puerto antes de La Habana, y allí vimos que la mayoría de la gente, casi todos, no iba a Cuba sino a México, entonces cambiamos nuestro viaje porque costaba 10 dólares más el pasaje y 4 dólares una visa y por eso llegamos a México. Aquí no podíamos entrar sin demostrar que teníamos cada uno 100 dólares por lo menos para desembarcar, y entonces fue cuando el contramaestre, el zeil meister,  el segundo de a bordo, me entregó un paquete con 200 dólares para papá y para mí. Por fin, con 15 dólares desembarcamos aquí, hacía mucho calor y entonces sí, me sentí muy sola, no conocíamos a nadie, y me asusté, yo llevaba un vestido muy elegante de georgette negro que había comprado con parte del dinero que nos habían enviado los parientes a Rotterdam, ese vestido que llevo en el retrato, el de los shif brider, y cuando viajamos en el tren hacía mucho frío, ya sabes cuando se sube hacia México, era el 15 de mayo, y entonces encontramos, primero que nadie, en Córdoba, Kurtchanski que subió, ya sabes, el papá de Kurtchanski...
- Mmm, sí.
- Iba como peddler, ya sabes, como abonero, con corbatas, y con moñitos, parecía como un diablo, y lo primero que nos dijo:
- No digan que son judíos, digan que son alemanes.
- ¿Por qué?
- Pues podíamos decir que éramos rusos y no alemanes, y nos sé por qué, yo me sentí muy feo porque yo no hablaba alemán para decir que yo hablo alemán. Llegamos a México y nos recibió el representante de la Bnei Brith. Ellos tenían un dormitorio para solteros pero como nosotros llegamos casados tuvimos que ir a un hotel, y... este, como sólo teníamos 15 dólares alquilamos un cuarto que costaba 35 pesos al mes, muy caro para aquel entonces, y 15 dólares fueron 34 pesos, entonces pagamos sólo dos semanas y nos quedamos allí.
- Y ¿qué comían?
- Pues, comíamos...teníamos derecho de cocina. Salía a comprar bolillos, a dos por cinco y un poco de carne molida y hacía kokleten, y así vivíamos. No sé si nos daban algo del Bnei Brith, no sé.
- Me imagino, si no, ¿cómo comían?
- Nos llegó luego un cheque por 5 dólares de la familia, ya sabes, pensaban que estábamos en los Estados Unidos y que pronto podíamos ir a trabajar a una fábrica. Cuando abrí la carta y vi que eran 5 dólares, entonces me sentí perdida.


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 Las genealogías es un testimonio emotivo que recupera los orígenes de una familia de judíos en México. Se trata de la familia de Margo Glantz (Ciudad de méxico, 1930), escritora, ensayista, crítica literaria, traductora y profesora emérita de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado más de 30 libros de ficción y ensayo literario. Ha sido distinguida con numerosos premios prestigiosos.

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