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jueves, 17 de julio de 2014

Misceláneas judías para la pausa del Sábado

18 de julio de 1994 - 18 de julio de 2014
20° Aniversario del Atentado a la AMIA


Salí, cerré la puerta / sin ocurrírseme que desaparecería de inmediato/
y con ella, la casa entera; / que un edificio pueda tan sencillamente desatarse /
y desparramar sus muros y cristales; / que en un instante pueda consumirse /
todo aquello que levantara el hombre, / todo lo que entibiara con sus manos....

                                                                                            Rojl Boimvol, 1942
                                                                                         Traducción de Eliahu Toker

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Rojl Boimvol nació en Odesa, Ucrania en 1914. Hija de un hombre de teatro, estudió en la Universidad de Moscú, ciudad en la que vivió hasta 1971, colaborando en la revista Sovietish Heimland y publicando poemas y relatos. En 1971 se trasladó a Israel con su marido, el poeta Zioma Teliesin.

viernes, 11 de julio de 2014

Misceláneas judías para la pausa del Sábado

13 de Tamuz  de 5774

El Rabino de Isaak Babel

-...Todo es mortal. La vida eterna sólo es patrimonio de las madres. Y cuando una madre ya no es de este mundo, deja de sí un recuerdo que nadie ha osado aún infamar. El recuerdo de la madre alimenta nuestra compasión, como el océano, el inconmensurable océano, alimenta los ríos que cruzan por todas partes de la Tierra...
Estas palabras pertenecen a Guedali. Las pronunció con aire de gravedad. La tarde, moribunda, le envolvía en el rosado humo de su melancolía. El anciano dijo:
- Las ventanas y las puertas de la ardiente mansión de hasidismo han sido arrancadas, pero éste es inmortal como el alma de una madre... Con los ojos anegados, el hasidismo continúa aún de pie en la encrucijada de los vientos de la historia.
Así dijo Guedali, y después de rezar en la sinagoga me condujo a casa del rabino Motale, el último rabino de la dinastía de Chernobilsk.
Subí con Guedali por la calle mayor. Blancas iglesias resplandecían en la lejanía como campos de alforfón. Tras la esquina gemía una rueda de cañón. Salieron de un portal dos ucranianas embarazadas luciendo tintineantes collares y se sentaron en un banco. Se encendió una tímida estrella en medio de los anaranjados combates del crepúsculo, y una gran calma, la calma del sábado, descendió sobre los torcidos techos del ghetto de Zhitomir.
- Es aquí – musitó Guedali indicándome una alargada casa de fachada destrozada.
Entramos en la habitación, enlosada y vacía como un depósito de cadáveres. El rabino Motale estaba sentado junto a una mesa, rodeado de posesos y falsarios. Llevaba un gorro de marta cebellina y una bata blanca ceñida con un cordón. El rabino tenía los ojos cerrados y hundía sus flacos dedos en la pelusa amarilla de su barba.
- ¿De dónde ha llegado el hebreo? - preguntó levantando los párpados.
- De Odessa – respondí yo.
- Piadosa ciudad – manifestó el rabino -, estrella de nuestro desierto, involuntario pozo de nuestras calamidades... ¿Cuál es la ocupación del hebreo?
- Pongo en verso las aventuras de Hersch, el de Ostropol.
- Importante trabajo – murmuró el rabino cerrando los párpados-. El chacal gime cuando está hambriento, cualquier tontulo dispone de la tomtería necesaria para el abatimiento, sólo el sabio desgarra con su risa el velo de la existencia... ¿Qué ha estudiado el hebreo?
- La Biblia.
- ¿Qué busca el hebreo?
- Un poco de alegría.
- Reb Mordje – dijo el maestro sacudiendo la barba -, que el joven ocupe un puesto en la mesa, que coma con los demás hebreos en esta tarde del sábado, que se alegre de estar vivo, y no muerto, que bata palmas cuando sus vecinos bailen y que beba vino si le sirven vino...
Se me acercó con presteza reb Mordje, antiguo payaso de párpados vueltos hacia afuera, vejestorio giboso cuya estatura no superaba la de un niño de diez años.
- ¡Ay, mi querido y joven amigo! - exclamó el harapiento reb Mordje, guiñándome -. ¡Ay, cuántos imbéciles ricos no habré conocido en Odessa! ¡Y cuántos sabios indigentes no conoceré en Odessa! Sentaos a la mesa, joven, y bebed el vino que no os van a servir...
Nos sentamos todos, unos al lado de otros, los posesos, los falsarios y los mirones. En un rincón gemían sobre sus libros de rezo unos hebreos anchos de espaldas, semejantes a pescadores y a apóstoles. Con la levita verde, Guedali dormitaba junto a la pared como un pajarillo de colores abigarrados. De pronto vi a un joven detrás de Guedali, a un joven con el rostro de Spinoza, con la poderosa frente de Spinoza, y con la marchita cara de una monja. Fumaba y temblequeaba como el fugitivo que es llevado a la cárcel de una persecución. El harapiento Mordje se le acercó furtivamente por detrás, le arrancó el cigarrillo de la boca y se retiró corriendo hacia mí.
- Es el hijo del rabino Iliá – afirmó con voz ronca Mordje acercando a mí la sangrante carne de sus párpados desgarrados -. Es el hijo maldito, el último hijo, el hijo rebelde...
Y Mordje amenazó al joven con el puño y le escupió en la cara.
- Bendito sea el Señor – sonó entonces la voz del rabino Motale Bratslavski, que partió el pan con sus dedos de monje -, bendito sea el Dios de Israel que nos escogió de entre todos los pueblos de la Tierra...
El rabino bendijo los alimentos y nos sentamos a comer. Tras la ventana relinchaban los caballos y gritaban los cosacos. El vacío de la guerra bostezaba tras la ventana. El hijo del rabino fumaba un cigarrillo tras otros entre silencios y oraciones. Cuando terminó la cena, me levanté antes que nadie.
- Mi querido y joven amigo – murmuró Mordje desde mis espaldas tirándome del cinto -, si en el mundo no hubiera más que ricos malvados y mendigos vagabundos, ¿de qué vivirían los buenos?
Entregué dinero al anciano y salí a la calle. Me despedí de Guedali y me fui a mi alojamiento, a la estación. En ésta, en el tren de la Sección de Propaganda del primer Ejército de Caballería, me aguardaba el resplandor de cientos de luces, el mágico brillo del puesto de radiotelegrafía, la tenza carrera de las máquinas tipográficas y el artículo que debía terminar para El Jinete Rojo.

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Isaak E. Bábel nació en una familia de origen judío en el gueto de la ciudad de Odesa en 1894, durante un período de desasosiego social en el que tuvo lugar el éxodo masivo de muchos judíos del Imperio ruso. Bábel sobrevivió un brutal pogrom ocurrido en su ciudad natal con motivo de la Revolución rusa de 1905, salvando la vida con la ayuda de vecinos cristianos que dieron refugio a su familia. Para ingresar en las clases preparatorias del Instituto Comercial Nicolás I, Bábel tuvo que sobresalir en la "cuota" judía, diseñada por el régimen zarista para excluir a un gran sector de la juventud judía de la educación superior. Más tarde debió completar sus estudios en su casa.  También estudió Talmud, música clásica, estudió el idioma y la literatura franceses. Lector y admirador de la literatura de Flaubert y Maupassant, Bábel comenzó escribiendo sus primeros cuentos en francés.
Después de tratar de postular en vano a la Universidad de Odesa (donde también se le impidió el ingreso por razones de "cuota para judíos"), Bábel ingresó en el Instituto de Comercio de Kiev. En 1915 Bábel se graduó y se trasladó a Petrogrado, hoy San Petersburgo, desafiando las leyes zaristas que ordenaban el confinamiento de los judíos en la "Zona de Asentamiento". Se convirtió en periodista y dramaturgo. 
Vió en la Revolución de Octubre la posibilidad de unir sus dos “patrias”: las raíces judías y su amor por la Madre Rusia. Luego de enrolarse con nombre falso en un regimiento de cosacos y retratar magistralmente la vida en el frente de batalla (Caballería Roja) y el submundo del hampa en su ciudad natal (Cuentos de Odessa), se convirtió en uno de los modelos de la naciente literatura soviética. Pero, en 1939, la policía secreta de Stalin lo arrestó, lo obligó bajo tortura a declararse culpable y lo ejecutó. 
El relato que aquí se reprodujo corresponde a Caballería Roja .

viernes, 4 de julio de 2014

Misceláneas judías para la pausa del Sábado

6 de Tamuz de 5774

El Golem (fragmento de Cuentos judíos con fantasmas & demonios)
de Ana María Shúa

El rabino Yehuda Loew, el Maharal de Praga, es un personaje histórico. Existió realmente, según lo confirman muchos documentos de la época. Y fue muy importante para su comunidad. Gracias a su inteligencia y a su sabiduría, llegó a ganarse el respeto del rey Rodolfo de Bohemia. Y consiguió que se emitiera un decreto prohibiendo acusar a los judíos del “crimen pascual”. En ese entonces (y también mucho antes y mucho después) los gentiles creían que los judíos amasaban el matzá (o pan sin levadura) con sangre de niño cristiano. En Pesaj, la Pascua judía, nunca faltaba alguien dispuesto a dejar el cadáver de un niño en las calles del ghetto para después acusar a los judíos de haberlo matado. La acusación no recaía sobre el supuesto asesino judío, sino sobre toda la comunidad, autorizando así terribles masacres.Yo debía tener once o doce años cuando leí una de las leyendas de Bécquer, ese poeta español romántico, cuyos versos hacían suspirar a las chicas. En el relato de la leyenda Bécquer da por supuesto que la famosa acusación es totalmente justificada y cuenta la historia de una buena muchacha judía que, enamorada de un cristiano, denuncia a los monstruosos y repugnantes judíos, y salva una vida. La leyenda me causó miedo y horror: de Bécquer y de los que pensaban como él. Y comprendí que, cuanto más disparatada es una acusación, tanto más difícil resulta rebatirla. Pero volvamos al siglo XVI y al ghetto de Praga. El rabino Loew, entonces, existió de verdad. Lamentablemente no podemos estar tan seguros de que haya existido el Golem. Según la leyenda, el Golem fue un muñeco de barro al que el rabino Loew logró dar vida mediante sus artes mágicas, tomadas de la Cábala. El Golem se convirtió en el servidor del rabino y en el protector de toda la judería de Praga. Era enorme y tenía un aspecto temible. Durante la Pascua patrullaba disfrazado las calles del ghetto para asegurarse de que no entrara ningún extraño llevando un bulto sospechoso. Si era necesario, su amo podía volverlo invisible. Gracias a su intervención, más de una vez se salvó a los judíos de ser masacrados por los indignados habitantes de Praga. El Golem no tenía inteligencia ni voluntad propia. El rabino Loew podía darle vida y quitársela a voluntad según le pusiera en la mano un papel con el Nombre Secreto de Dios. Tampoco tenía el don de la palabra, porque algo creado por el hombre no podría estar a la altura de la Creación Divina. En cambio por su extraño origen, el Hombre de Barro podía ver y oír a los espíritus errantes y tenía relación con fuerzas del Más Allá. Su nombre fue José, según algunos porque se implantó en él el alma de Joseph Sida, mitad hombre y mitad demonio, un personaje del Talmud. Los vecinos del ghetto, con muy poco respeto, lo llamaban Yosele Golem o también el Tonto Yosele. Hubo muchas leyendas sobre Golems, en que las figuras a las que los rabinos daban vida se rebelaban contra su amo y se volvían amenazadoras. Pero el Golem de Praga jamás dejó de obedecer al Rabí Loew, y cuando su ayuda ya no fue necesaria, el rabino le ordenó subir al desván de su casa y quedarse allí.Y allí debe estar todavía, en alguna antigua casa de Praga, o entre sus ruinas, esperando el Día del Juicio Final para volver a levantarse.

***
En Cuentos judíos con fantasmas y demonios, Ana María Shúa cuenta de dónde vienen los demonios, 
según los mitos, cuentos y leyendas del pueblo judío, que forman parte también de la tradición judeo-cristiana. También hay historias de fantasmas, judíos por supuesto. Y como casi en cualquier otro pueblo, historias de muertos que se levantan de sus tumbas o almas que visitan a los vivos.Ana María Shúa (Buenos Aires, 1951), conocida escritora judeo-argentina, plantea en este libro un tema poco conocido tratado con la cuota de humor que la caracteriza.





jueves, 3 de julio de 2014

Ciclo "El Arte en el Cine"

A cargo del prof. Mario Ber

Ultimos encuentros sobre artistas judíos:


Jueves 10/07: Chaim Soutine – Film: “ Chaim Soutine” de Murielle Levy.

Jueves 17/07: José Gurvich – Film: “José Gurvich : un canto a la vida” de Alicia Haber y Martín Gurvich.



Lugar: Biblioteca Popular “Alberto Gerchunoff”
Informes e inscripción en Biblioteca o cultura@hebraica.org.ar
Actividad gratuita para socios

Cine – Debate

Proyección del documental: “Me queda la palabra” de Bernardo Kononovich

La Shoá y la masacre de los años ´70 en Argentina son acontecimientos históricos diferentes. Sin embargo, muchos consideran que ambas tragedias se entrelazan. Tres mujeres sobrevivientes de campos de concentración nazis y un hombre secuestrado y desaparecido durante la dictadura militar en la Argentina tienen el deseo casi visceral de hablar. ¿A quién le hablan los sobrevivientes, qué esperan de nosotros, queremos escucharlos, podemos hacerlo?



Con la presencia de Diana Wang, Presidenta de Generaciones de la Shoá
16 de Julio, a las 19,00 hs.
Auditorio Hebraica
Entrada libre y gratuita

viernes, 27 de junio de 2014

Misceláneas judías para la pausa del Sábado

29 de Sivan de 5774

Poemas de Yehuda Amijai
 
Turistas

Una vez, me senté en las gradas junto a una de las
puertas de la Ciudadela de David. Las dos pesadas
canastas, las puse a mi lado. Un grupo de turistas
estaba parado ahí alrededor del guía y les serví de
señal, de punto de referencia. "¿Veis a ese hombre
con las canastas? Un tanto a la derecha de su
cabeza hay un arco del período romano. Un tanto a
la derecha, encima de su cabeza". "¡Pero se mueve,
se mueve!" Me dije: la redención vendrá sólo
cuando les digan: "¿Veis ahí ese arco del período
romano? No importa: pero junto a él, un tanto a la
izquierda y debajo de él, está sentado un hombre
que ha comprado frutas y verduras para su familia".



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La turista

Ella me mostró sus cabellos girando
a los cuatro vientos de su llegada.
Yo le mostré algunos caminos míos plegadizos
y el truco de la cerradura.
Ella me preguntó por mi calle y mi casa
y solté una carcajada.
Ella me mostró esta larga noche
y el interior de sus treinta años.
Yo le mostré el lugar donde una vez
me puse tefilin.
Le traje versos y proverbios y arenas de Eilat
y las Tablas de la Ley y el maná de mi muerte
y todos los milagros que en mí no cicatrizaron.
Ella exhibió frente a mí las etapas
de la alegría y la copia de su infancia.
Yo le revelé que el Rey David
no está enterrado en su tumba,
que yo no vivo en mi vida.
Ella me creyó.
Mientras yo meditaba, ella comía.
El mapa de la ciudad estaba extendido
sobre la mesa:
una de sus manos sobre Katamon,
mi palma sobre su palma.
La taza cubría la Ciudad Antigua.
Caía ceniza sobre el hotel “King David”.
La pena de los patriarcas nos acompañaba.
Un llanto arcaico nos concedió la desnudez.

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Yehuda Amijai nació en Würzbuerg, Alemania, en 1924 con el nombre de Ludwig Pfeüffer, en el seno de una familia con profundas raíces religiosas y sionistas. Poco después de la llegada de Hitler al poder, su padre tuvo clara visión de los peligros que los judíos corrían en Alemania, especialmente después de que los nazis incendiaron el negocio familiar. En 1935, Amijai llegó a Palestina con sus padres y hermana y a partir de 1937 se asentó en Jerusalem por el resto de su vida.
Amijai participó en la Segunda Guerra Mundial como voluntario de la Brigada Judía y más tarde como miembro activo de la Hapalá (Organización para la inmigración ilegal a Palestina). En sus poemas está claramente presente el tema de la guerra y la muerte.
Al terminar la Guerra de la Independencia comenzó a estudiar Literatura y Biblia en la Universidad Hebrea, ejerciendo posteriormente la docencia.
Comenzó a publicar a fines de la década del ´40. Fue autor de unos 15 volúmenes de poesía, una novela, una colección de cuentos y algunos libros infantiles.
Desde entonces, ha recibido numerosos e importantes premios, fue traducido a varios idiomas, fue elogiado por la crítica internacional y fue nombrado Poeta Nacional por el Parlamento.
Yehuda Amijai revolucionó el lenguaje poético respecto a los poetas y escritores que lo precedieron. Su creatividad fue moderna tanto en el lenguaje como en el contenido. Sus poemas hablan de lo cotidiano, de las experiencias existenciales de los hombres, del amor, de sus compañeros en la batalla, de su ciudad. Con humor e ironía, colocó, en el centro, al individuo quien a pesar de su conciencia del entorno y sentirse parte de él, constituyó un observador privilegiado de la realidad siendo espectador directo, abierto y nada pretensioso de los sucesos generales y nacionales.
El 22 de septiembre de 2000 moría en el hospital Hadassah de “su” ciudad Jerusalem, el poeta Yehuda Amijai, uno de los representantes fundamentales de las letras israelíes.
Amijai, conviene recordarlo, significa Mi pueblo vive.

jueves, 19 de junio de 2014

Misceláneas judías para la pausa del Sábado

22 de Sivan de 5774

El gato dorado (fragmento) de Germán Rozenmacher

- Ya llegaste ¡eh? cretino – su mujer lo insultaba desde abajo, porque era pequeñita y siempre tenía una flor sobre el vestido de salir, de terciopelo, aunque de tanto usarlo para entrecasa eso ya ni se notaba. La mujer estaba enamorada del pianista sin remedio. Siempre lo insultaba por haberla enterrado allí desde hacía años, por su desamor, y por pasarse la vida tocando en bailes de mala muerte y en casamientos y en aquel sótano, mientras sus paisanos acumulaban dinero. El artista le acariciaba el cabello y su ternura trataba de acallarla. Había dejado de escucharla hacía mucho. No la odiaba, pero tampoco la amaba. El artista amaba al gato. Y no la oía desde que comenzaba a gritar al amanecer contra la miseria y la tristeza, mientras él se paraba tiritando descalzo sobre los mosaicos fríos y se vestía sintiendo anhelosamente todo aquello que desentrañaría junto al piano aquella tarde como lo había hecho desde que tenía memoria, cuando había descubierto su duro oficio de músico. Y por las tardes solía pensar en aquella otra época, antes de venir a Buenos Aires cuando era muy joven y tocaba el acordeón vagando por las calles de pequeños pueblos europeos.
Entonces tenía dos camaradas: el manso violinista pálido con su barba de rabino y el agobiado clarinetista con su largo capote que olía a vino y su gorro de visera. En el crepúsculo, cruzaban la llanura nevada de pueblo en pueblo, de chacra en chacra, sus tres sombras violetas fugitivas sobre la nieve, sus figuras oscuras recortadas contra el cielo, bailando y tocando para sí mismos, uno tras el otro en fila india, en la inmensidad de la llanura nevada, libres como pájaros, creando mundos efímeros e inaprensibles, melodías como humo, tocando canciones más antiguas que sus propias memorias. Y en los pueblos tocaban en la calle, con judíos respetables con abrigos de cuellos de piel haciéndole corrillo y echando monedas en el gorro de la visera. Aunque la mayoría de los judíos no fueran ricos y vivieran en la tristeza y la miseria y apenas juntaban algo de valor, algún pogrom oportuno se encargaba de arrebatárselo. Pero ellos traían la alegría. Y tocaban en las casas, en los casamientos y los bautizos, y les daban pan negro y un vaso de té, como pago. Y las madres les decían a sus niños: Cuidado con los artistas, esos “shnorers”, esos “harapientos”, pero los amaban y les temían, porque ellos le daban nombre a todas las cosas y decían la verdad y esperaban, por todos, la edad dorada que terminaría con la opresión y la tristeza. Y el artista sabía que allí, por todo ese nevado país, miles y miles de judíos lo esperaban siempre y cuando estaba con ellos sentía que algo los fundía a todos, una honda alegría indestructible que florecía sobre el velado tono menor y atribulado de su música, una alegría en la que ellos lo necesitaban a él porque era la voz de todos; él, que era apenas un artista niño, un rey harapiento; él que era el corazón del mundo.
Después los pueblitos ardieron. El humo oscureció el cielo. Todo aquello empezó a morir. Mil años de vida judía en Europa oriental empezaron a morir. Huyó a Buenos Aires. Y aquí vendió su acordeón porque ya nadie le escucharía por las calles. Descubrió aquel sótano. Después los diarios idish le dijeron que allí todo había terminado.
Ahora componía y componía, sudando dentro de sus baratas y gruesas camisas a cuadros, en el sótano, y solía tocar su música para sus paisanos, cuando lo llamaban para algún casamiento. Pero cada vez las tocaba menos, porque sus paisanos se iban muriendo.
- ¡Llegó! - dijo la cordial voz de bajo del sastre, su vecino de gran nariz enrojecida de frío. Venga a tomar un vaso de té. - Había asomado la cabeza por la puerta -. ¿Qué lo hizo venir tan temprano, hoy? - dijo hablando en idish. Porque todos hablaban idish. El sastre, la mujer, el artista.
Entró en la pieza del sastre que tenía un empapelado floreado con manchas de humedad y en la araña ardía una sola lámpara. Por el balcón se veía un cartel colgado de la baranda, sobre la calle: “Sastrería Al Caballero Elegante, créditos, casimires, modelos de última moda, rebajas”. La sastrería era esa pieza de hotel.
- ¿Y cómo está mi gatito, mi “kétzele”? - preguntó el sastre. - Su gatito, pensó el artista mientras, en el frío húmedo que destilaban las paredes, se calentaba las manos, largas, delgadas y arrugadas, con el vapor que salía por el pico de la pava, puesta sobre el calentador. Miró los vidrios de la ventana opacados por vahos de frío y apartó con el pie unos retazos de tela esparcidos por el piso. Ahora el sastre tomaba su té junto a la deshilachada cortina con flecos y apoyaba el vaso en los mosaicos, junto a la gran tijera, sentado en una silla baja de asiento de paja, con un saco sobre las rodillas. El artista trató de encender la modesta estufa que tenían a medias con el sastre, porque ellos tres eran los únicos judíos del hotel.
Sí. El otro le había regalado el gato cuando tenía figura de recién nacido y había llegado misteriosamente a su puerta. Ahora pensaba que eso era un signo, un prenuncio de lo que estaba ocurriendo, con ése, que ahora sabía que era un gato dorado, un ser mágico y leve que poseía lo maravilloso.


 Germán Rozenmacher nació el 27 de marzo de 1936 en la ciudad de Buenos Aires y en el seno de una familia judía ortodoxa y muy humilde. Su padre había llegado de Rusia y era un valorado cantor de sinagoga en el barrio de Once. Rozenmacher completó el seminario judío pensando inicialmente ser rabino. Su amigo Roberto Cossa afirmará más tarde que Rozenmacher "fue un desarraigado en su propio país hasta los 20 años, cuando empezó a descubrirse a sí mismo y al mundo que lo rodeaba".
Tras un breve paso por la Facultad de Derecho, continuó sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras, convirtiéndose pronto en un prolífico escritor, dramaturgo y periodista notable.
Su primer libro de cuentos, Cabecita negra, al cual pertenece el cuento El gato dorado, fue un hito del boom editorial de los años sesenta, al cual le siguió Los ojos del tigre, y numerosas obras de teatro, entre las que se destacó Requiem para un viernes a la noche estrenada con gran resonancia, en el Teatro IFT en 1964.
Escribió algunos de los cuentos más entrañables de la narrativa argentina. Como intelectual, transitó intensamente las contradicciones de su tiempo. Con la tradición judía argentina y las tensiones políticas de su época como dimensiones fundamentales de su obra, Rozenmacher desarrolló una perspectiva que supo escapar a la disyuntiva entre realismo y vanguardia.
Falleció, accidentalmente, muy joven, a los 35 años.
Desde 1999 el Centro Cultural Ricardo Rojas entrega un premio para dramaturgos jóvenes con su nombre.
Germán Rozenmacher dejó sembrada en diversos medios una vasta producción reunida recientemente por la Biblioteca Nacional en una edición de sus obras completas.