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Lunes a Viernes de 13.00 a 19.00 hs. 1 Piso de la Sociedad Hebraica Argentina - Sarmiento 2233
viernes, 15 de noviembre de 2013
Artes Plásticas
Etiquetas:
Artes Plásticas,
Programación cultural
martes, 12 de noviembre de 2013
Exposición didáctica
"Diálogo entre dos mundos"
Por Jack Fuchs y Silvia Lef
Jack:
Pienso mucho en los cambios
socio-culturales. Hoy la gente no se casa más. Las mujeres aceptan el
dominio del varón y conviven sin unirse legalmente. Dime, ¿por qué?
Silvia:
Hay más libertad en esta generación
que en anteriores. Hay otras uniones, más libres que en otras
sociedades. Aparte, la mujer es sujeto de voluntad como el varón. Son
co-equipers, en el mejor de los casos. No hay subordinación, dominio,
machismo instituído, salvo excepción.
Jack:
Mujeres que deponen la maternidad porque
el hombre ya tuvo hijos de una unión anterior y no quiere volver a
tener(los) en esta nueva unión. Mujeres que deponen el matrimonio porque
los varones no quieren volver a casarse. Dime, ¿por qué?
Silvia:
Creo que en los casos más felices, hay
paridad. Varón y mujer se unen eligiéndo(se), sin presiones sociales,
sin otra obligación más que la que les prescribe su propio deseo, el de
cada cual. Unico imperativo categórico: amarse, porque quieren hacerlo,
compartir derechos y obligaciones, porque les sale elegir(lo). Recordá
lo que dice el artículo 1137 del Código Civil argentino: "Lo que las
partes pactan entre sí vale para ellas como la Ley misma".
Jack:
Si uno es soltero y el otro también, ¿por qué no se casan?
Lo
económico son excusas. Creo que el varón no quiere comprometer(se) y la
mujer sí. Creo también que ella es víctima de él porque se le pasa el
ciclo biológico y luego ya es tarde. El es egoísta y ella altruista.
Dime, ¿por qué?
Silvia:
Creo en la libertad. Nadie obliga a
otro a permanecer a su lado. Si alguien elige convivir con otro es
porque en ese lazo halla lo que necesita y si hay sojuzgamiento,
dominio, sado-masoquismo será una patología compartida por ambos. Nadie
es víctima de otro, salvo en el caso de delitos, claro. Si no, lo deja y
se va. Revisa su elección y hace una nueva, reparatoria de aquella. Vos
siempre elegís y el otro también siempre elige. A veces bien, a veces,
mal. Pero nadie está obligado a ofrendar(se). Si te quedás es porque
querés. Respecto del momento actual, hay uniones de hecho, parejas de
hecho que no tienen el menor complejo por no haber(se) casado. Algunos
huyen del matrimonio civil, otros lo vuelven a elegir, a pesar de haber
fracasado alguna vez. No hay fórmulas. Hay flexibilidad. Hay muchas
variables: caso por caso. Hay gente feliz y hay gente infeliz. El
matrimonio per se tampoco es ninguna garantía. Hay gente que ha padecido
mucho al disolver un vínculo y no quiere repetir esa experiencia, por
lo cual busca un lazo libre y que lo plenifique. Tal vez en algun
momento lo formalice con algun tipo de unión, tal vez no.
Jack:
Estoy desorientado. Hay gente que tiene un
buen pasar. Son libres los dos. Podrían casarse y no lo hacen. Otros
casos, se enamoran de imposibles. Uniones que no podrán efectivizarse.
¡Qué raros los humanos! Dime, ¿por qué?
Silvia:
Hay gente que halla el amor donde menos
lo esperaba. Pensá que las sociedades evolucionan y la gente se va
desprejuiciando lentamente. Hoy día hay uniones civiles entre iguales
que en otra época no existían. De ese modo, las personas que se eligen
pueden tener derechos como las otras y realizar su vida social sin
complejos ni discriminación, ni segregación. Pueden casarse, cambiar el
sexo, modificar la identidad, adoptar hijos. No lo harían si no les
fuera posible con leyes que se los permitan. Además la legislación
protectora de las diferencias está amparada. De la Rúa, cuando era
senador nacional en el 87, propuso una Ley maravillosa que es la 23592,
antidiscriminatoria. Salvaguarda al otro para que no sea perseguido,
burlado, maltratado ni por sexo, ni por religión, ni por ideología,
raza, identificación diferente. Con esa ley se han defendido y se
defienden los otros y sus diferencias.
Jack:
Hay uniones que no entiendo. La verdad es
que vengo de una generación donde los roles estaban determinados
socialmente de un modo. La gente se casaba for ever/para toda la vida y
no había otra cosa. Hoy se casan y se descasan. El divorcio generó otros
problemas.
Silvia:
El divorcio vincular permitió
disolver el lazo conyugal cuando no funcionaba la institución
matrimonial. Gracias a esa ley, mucha gente pudo rehacer su vida y
reapostar a una otra y nueva elección. Tal vez venís de una generación
donde no existía la indisolubilidad del matrimonio que es una solución
cuando no hay entendimiento y/o felicidad. ¿Seguirías unido a alguien
que no te hiciera feliz? ¿No sufrirías si la legislación no te diera
solución legal?
Silvia:
Jack:
Silvia:
Jack:
"¿(...)?"
Jack:
Dime ¿por qué la gente ya no se
casa como antes. ¿Qué ha sucedido? ¿Ya no se quieren? ¿Ya no se
aguantan? ¿Ya la familia desapareció?
Hay bastantes casamientos. Además hay otro tipo de uniones.
Cada caso es un mundo y cada mundo tiene sus leyes. Hay gente que se
quiere, más y/o menos. Hay gente que se desquiere. Hay gente que se
lleva bien, hay gente que se lleva mal. Hay gente que goza y hay gente
que sufre, aguanta y que no es feliz. Hay familias diversas. Hay cambios
sociales, culturales. La mujer y el varón trabajan lo dos, cambian
pañales los dos, van al super los dos. En algunos casos, hay más
paridad; en otros, más disparidad. No hay fórmulas generales, cada cual
deberá hallar la suya propia. Hoy hay familias nuevas, ensambladas,
diversas.
¿Por qué la gente ya no se casa? Dime, ¿por qué?
Mientras
pensás el por qué, te voy a dar para nuestros lectores dialógicos un
poema acerca de la Noche de los Cristales, el 13/11/13 lo repartiré en
el acto recordatorio a las 19 hs en la Catedral. Es un Himno que nos representa a
los sobrevivientes de la Schoá.
ES BRENT (ARDE!)
de Mordechai
Gebirtig
Arde,
hermanos, arde,
Nuestro
pobre pueblito está ardiendo.
Malignos
vientos con cólera
arrancan,
destrozan y expanden
más aún las
llamas salvajes.
Todo
alrededor ya arde.
Y ustedes
parados, mirando
con las
manos cruzadas,
y ustedes
parados mirando.
Nuestro
pueblito está ardiendo.
Arde,
hermanos, arde,
nuestro
pobre pueblito está ardiendo.
Las lenguas
de fuego
Ya lo
tragaron todo.
Y ustedes
parados...
Arde,
hermanos, arde,
Puede, Dios
libre, llegar el momento
en que
nuestra ciudad junto con todos nosotros
sea
convertida en cenizas
y queden
como después de una batalla
sólo vacías
y negras paredes.
Y ustedes
parados...
Arde,
hermanos, arde,
La ayuda
sólo depende de ustedes.
Si amáis al
pueblito,
Tomad las
vasijas y apagad el fuego.
Apagadlo
con vuestra propia sangre.
Demostrad
que podéis hacer eso.
No estáis
parados, hermanos con los brazos
cruzados.
No estáis
parados, hermanos, apagad el fuego.
Nuestro
pueblito está ardiendo.
Traducido del idish
por Moisés Kijak.
Nacido en 1877, Mordechai Gebirtig es considerado uno de los escritores
más populares de canciones y poemas Idish. "Es brent" es su canción más famosa, escrita en respuesta a un pogrom
que tuvo lugar en 1936 en el pueblo de Przytyk.
Se convirtió
en el himno de los sobrevivientes del Holocausto, quienes sintieron que estos
versos reflejaban su tragedia.
La canción
sigue siendo interpretada, a través de los años en las conmemoraciones del
Holocausto.
Gebirtig fue
ejecutado en el gueto de Cracovia en junio de 1942. En esta especial ocasión, siento la
necesidad de compartir estos versos, tan hondos y tan dolorosos.
Es mi manera
de recordar. Jack Fuchs
Eres Yacub, ya Israel: el
Patriarca del Siglo XXI, quien se resiste a que las instituciones
cambien. Quien apuesta sine qua non al Pacto de Fe, a La Letra, a la
Palabra vale Acto, a la Circuncisión, a la
Ley..
Jack:
"¿(...)?"
viernes, 8 de noviembre de 2013
Misceláneas judías para la pausa del Sábado
5 de Kislev de 5774
Durante la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 y llevado a cabo por las tropas de asalto de las SA conjuntamente con la población civil, se sucedieron una serie de pogromos y ataques combinados ocurridos en la Alemania nazi y Austria, conocida con el nombre de La Noche de los Cristales Rotos, en alemán: la Kristallnacht.
Todos los torrentes van al mar
Memorias (fragmento)
de Elie Wiesel
Se preparaba la tragedia y la vida fluía en mí, fuera de mí;
prestaba poca atención a ello. Crecía, maduraba, aprendía textos mas difíciles,
mas oscuros. ¿Hitler? Sus ladridos no penetraban en mi conciencia. Las leyes de
Nuremberg, Los Juegos Olímpicos, el asesinato de Von Rath, la Noche de los Cristales
Rotos: Adriano y la Inquisición
habían hecho cosas peores. Con tal que el Tercer Reich se derrumbara por sí
solo, que las grandes potencias europeas no cedieran, que Hitler y sus acólitos
reventaran, con tal que no hubiera guerra…
Hubo guerra. Estalló un viernes. Lo recuerdo: era el mes de
Elul y todos nos preparábamos para las Grandes Fiestas. Por la mañana, tocaban
el shofar para incitar a las almas pecadoras al arrepentimiento. Se afirma que
ese mes los propios peces tiemblan en el agua. En un rincón del beith – hamidrash, vistiendo sus chales
de oración y con las filacterias ceñidas, mi padre y sus amigos comentaban las
ultimas noticias. Excitados, hablaban en voz demasiado alta, de modo que sus
mayores les reprendieron: “Shhh…¡Estamos orando!” Me parece todavía oír aquel “shhh”
y poder traducirlo: qué idea hablar, agitarse, mientras algunos judíos se
dirigen al Rey del universo. Qué idea para los pueblos y sus ejércitos matarse
mutuamente por un pedazo de tierra o unas pocas frases cuando Dios esta
escuchando a sus fieles…
La discusión se interrumpió. Prosiguió el oficio y concluyó,
como de costumbre, con el Cádiz. A lo lejos, retumbaban ya los cañones, la Muerte actuaba y los
primeros huérfanos aprendían a llevar su luto. Mi existencia no se vio
perturbada por ello. Aquel viernes recibí mi panecillo trenzado habitual de
manos de mi abuela; acudí a los baños rituales para purificarme al acercarse la
reina del Sabbat; me puse una camisa blanca, mi hermoso traje y me abrí a la
paz del séptimo día de la creación que, en principio, no debe ni puede ser
perturbado por la pasión de los hombres.
Nada excepcional ocurrió aquel Sabbat. En el oficio matinal
supe que un célebre predicador estaba de paso y que por la tarde pronunciaría
un sermón. Pequeño de talla, casi era preciso abrir mucho los ojos para verle. ¿Cómo
lograba aquel hombrecillo tener una voz tan grave y llena? Esperaba oírle hablar
de la actualidad, pero tenía otras prioridades. Describió, canturreando, el
feroz e implacable castigo que esperaba a los infieles, culpables de
transgresiones y depravaciones sexuales
que yo era demasiado joven para comprender. Aseguraban que era miope,
casi ciego, pero parecía orientarse por el infierno como si hubiera vivido allí
desde el nacimiento, antes incluso.
Durante las siguientes semanas, nuestra ciudad acogió a
refugiados polacos, portadores de malas noticias: el ejército hitleriano era
invencible y su furor implacable.
*****************
Elie Wiesel (Sighet, 1928)
Escritor estadounidense de origen
rumano. Fue educado según las tradiciones judías del Talmud, las
celebraciones festivas y el hasidismo, y se inició en el conocimiento de
la cábala. El 16 de mayo de 1944 fue capturado por los alemanes nazis e
internado junto con sus familiares en el campo de concentración de
Birkenau, para luego ser trasladado a Auschwitz y Buchenwald.
Único sobreviviente de su familia, al finalizar
la Segunda Guerra Mundial se estableció en París y estudió filosofía y
literatura en la Universidad de la Sorbona. Al terminar sus estudios se
dedicó al periodismo y trabajó para publicaciones de Francia, Israel y
Estados Unidos. En 1956 se radicó en Estados Unidos; obtuvo la
nacionalidad de este país, y con el asesoramiento de F. Mauriac logró
publicar en francés su novela La noche (1958), primera parte de
una trilogía donde abordó en profundidad el drama del holocausto judío, y
que completó años más tarde con El alba (1960) y El día (1961).
Con la intención de contribuir a evitar que en
el mundo se vuelva a repetir una situación de barbarie como la producida
en los campos de concentración nazis, se dedicó con fervor a practicar
el ejercicio de la memoria, como reafirmación de la vida. Su permanente
intervención en foros internacionales de derechos humanos, así como su
función como Presidente de la Comisión del Holocausto del presidente
Carter y su incansable actividad en favor de la fraternidad humana, le
valieron en 1986 el Premio Nobel de la Paz. Sus memorias, publicadas
bajo el título de Todos los torrentes van a la mar (1996), son un conmovedor testimonio del cautiverio nazi, y un fervoroso alegato por la paz mundial.
martes, 5 de noviembre de 2013
Evento cultural
"Diálogo entre dos mundos"
Por Jack Fuchs y Silvia Lef
Jack:
Aquí estoy con los temas relativos al documental "El árbol de la muralla".
Maravillosa la noticia de reconocimiento por parte del Ministerio de Educación.
Silvia:
Donemos el link de You Tube para que todos te escuchen
Jack:
Silvia:
Quien ahora es Israel, el que lucha con la Palabra, con la Letra, con la Ley, con la Torah para erradicar el homicidio del mundo contemporáneo. Quien propone la esgrima talmúdica para hacer la Transmisión del amor universal.
Jack:
"¿(...)?"
Silvia:
Previamente, te habían nombrado
"ciudadano ilustre" en la Legislatura. Ahora este merecido
reconocimiento a la transmisión del mensaje cosmopolítico y humanitario.
Casi como el del Talmud, al modo de un legado de un Otro para cualquier
otro humano como semejante.
Jack:
link del "Arbol de la muralla"
http://www.youtube.com/watch?v=DOXHxr6HVVw
Silvia:
Propongo
también colocar una noticia de Página 12 relativa a la presentación que
se hiciera en el Museo de la Schoá del documental.
¿Te acordás?
¿Quién sos?
Jack:
¿Yacub, el Patriarca del Siglo XXI?
Quien ahora es Israel, el que lucha con la Palabra, con la Letra, con la Ley, con la Torah para erradicar el homicidio del mundo contemporáneo. Quien propone la esgrima talmúdica para hacer la Transmisión del amor universal.
Jack:
"¿(...)?"
viernes, 1 de noviembre de 2013
Misceláneas judías para la pausa del Sábado
28 de Jeshvan de 5774
Ministerio de Casos Especiales ( Primera parte, capitulo 1)
de Nathan Englander
Los
judíos se dan sepultura tal como viven: amontonados, invadiendo el
espacio ajeno. Las lápidas apretujadas, los cadáveres enterrados codo
con codo, cabeza con pie. Kadish llevó a Pato entre las hileras
irregulares sobre el suelo irregular del lado de Socorros Mutuos.
Cubrió con la mano el foco de la linterna para atenuar la luz. Sus
dedos brillaron anaranjados, rojos en los intersticios, cuando pasó el
puño por la piedra.
Estaban buscando la tumba de Hezzi Doble Filo y no tardaron mucho en encontrarla. Su parcela era un montículo definido. La lápida estaba inclinada hacia atrás. Kadish tuvo la impresión de que el viejo había intentado salir arañando la tierra. También parecía que, de haber esperado otro invierno, la hija de Doble Filo no habría tenido necesidad de contratar a Kadish Poznan.
El mármol, había descubierto Kadish, se trabaja no por su dureza, sino por su porosidad. Como ocurría con el resto de los mármoles en el cementerio de la Sociedad de Socorros Mutuos, la lápida de Hezzi estaba picada y cuarteada, y las letras estaban borrosas. En su mayoría eran de granito. Si la naturaleza y la contaminación no hacían su tarea, los vándalos locales ya se encargarían. En el pasado Kadish había borrado esvásticas a fuerza de estropajo y reparado con cemento las piedras rotas. Comprobó la firmeza de la que cubría la tumba de Doble Filo.
Estaban buscando la tumba de Hezzi Doble Filo y no tardaron mucho en encontrarla. Su parcela era un montículo definido. La lápida estaba inclinada hacia atrás. Kadish tuvo la impresión de que el viejo había intentado salir arañando la tierra. También parecía que, de haber esperado otro invierno, la hija de Doble Filo no habría tenido necesidad de contratar a Kadish Poznan.
El mármol, había descubierto Kadish, se trabaja no por su dureza, sino por su porosidad. Como ocurría con el resto de los mármoles en el cementerio de la Sociedad de Socorros Mutuos, la lápida de Hezzi estaba picada y cuarteada, y las letras estaban borrosas. En su mayoría eran de granito. Si la naturaleza y la contaminación no hacían su tarea, los vándalos locales ya se encargarían. En el pasado Kadish había borrado esvásticas a fuerza de estropajo y reparado con cemento las piedras rotas. Comprobó la firmeza de la que cubría la tumba de Doble Filo.
—Como mover una muela floja —dijo—. No sé por qué nos tomamos la molestia... dentro de poco no quedará rastro de este lugar.
Pero
Kadish y Pato sabían por qué se tomaban la molestia. Comprendían muy
bien por qué las familias recurrían a ellos con tanta urgencia ahora.
Era 1976 en Argentina. Vivían en la incertidumbre, acechados por el
caos. Buenos Aires había padecido olas de secuestros y rescates.
Imperaba el terror y el asesinato estaba a la orden del día. No era
tiempo para sobresalir del montón, ni para los gentiles ni para los
judíos. Y casi todos los judíos sentían que, por el solo hecho de ser
judíos, ya se diferenciaban bastante.
Los clientes de Kadish eran los que tenían algo que perder: el sector respetable y exitoso de la comunidad cuyo pasado familiar no era intachable. En épocas menos convulsas se habían limitado a ignorar y negar. Cuando el último de la generación de Socorros Mutuos se marchó en silencio, cuando todas las parcelas de ese lado estuvieron ocupadas, los descendientes esperaron lo que consideraron un tiempo decente para un grupo indecente, y sellaron el cementerio para siempre.
Los clientes de Kadish eran los que tenían algo que perder: el sector respetable y exitoso de la comunidad cuyo pasado familiar no era intachable. En épocas menos convulsas se habían limitado a ignorar y negar. Cuando el último de la generación de Socorros Mutuos se marchó en silencio, cuando todas las parcelas de ese lado estuvieron ocupadas, los descendientes esperaron lo que consideraron un tiempo decente para un grupo indecente, y sellaron el cementerio para siempre.
Cuando
Kadish quiso visitar la tumba de su madre y encontró la puerta
cerrada, fue a pedirles la llave a los otros hijos de Socorros Mutuos.
Ellos negaron toda participación en el hecho. Incluso los sorprendió
enterarse de la existencia del cementerio. Y cuando Kadish les recordó
que sus propios padres estaban enterrados allí, se mostraron igualmente
incapaces de recordar los nombres de sus progenitores.
Por dura que fuera la posición que habían tomado, nacía de una terrible vergüenza.
La Sociedad de Socorros Mutuos no solo fue un escándalo para la ciudad; en el pináculo de su gloria, en la década de 1920, fue una desgracia inconmensurable para todos los judíos argentinos. ¿Cuál de sus detractores no disfrutó al ver en el diario matutino la foto de un rufián esposado, de un caftán en hilera? ¿Quién no sintió justificado su oprobio al ver a los famosos proxenetas judíos de Buenos Aires acompañados por sus putas judías de labios carnosos? Pero ya hacía mucho tiempo de aquello en 1950, cuando Kadish se descubrió encerrado del lado de afuera del cementerio. Para entonces, la terrible industria llevaba más de veinte años clausurada como negocio judío. Los edificios que pertenecían a la Sociedad de Socorros Mutuos habían sido vendidos, la guarida de los proxenetas abandonada. Sin embargo, había una sola posesión que no podía caer en desuso. Sí en la falta de arreglos. Y también en la desidia y el abandono. Pero, a la manera de una adivinanza, ¿cuál es la única cosa construida por el hombre cuyo uso está garantizado a perpetuidad? Algo que los muertos usan para siempre: el cementerio.
Ese cementerio era también la única institución establecida por los proxenetas y las prostitutas de origen judío de Buenos Aires construida con una concesión de los judíos honrados. Aunque tenían el corazón de piedra para todo lo que estuviera relacionado con los judíos de Socorros Mutuos, no podían darles la espalda en la muerte. La comisión directiva de las noveles Congregaciones Judías Unidas en Argentina fue convocada y se llegó a un atolladero. Ningún judío tendría que ser enterrado como un gentil, Dios los ayude. Pero los judíos decentes de Buenos Aires tampoco tendrían que yacer entre prostitutas. Compartieron su inquietud con José Talmud, quien, como líder de Socorros Mutuos, ocupaba la cabecera de su propia comisión directiva.
Por dura que fuera la posición que habían tomado, nacía de una terrible vergüenza.
La Sociedad de Socorros Mutuos no solo fue un escándalo para la ciudad; en el pináculo de su gloria, en la década de 1920, fue una desgracia inconmensurable para todos los judíos argentinos. ¿Cuál de sus detractores no disfrutó al ver en el diario matutino la foto de un rufián esposado, de un caftán en hilera? ¿Quién no sintió justificado su oprobio al ver a los famosos proxenetas judíos de Buenos Aires acompañados por sus putas judías de labios carnosos? Pero ya hacía mucho tiempo de aquello en 1950, cuando Kadish se descubrió encerrado del lado de afuera del cementerio. Para entonces, la terrible industria llevaba más de veinte años clausurada como negocio judío. Los edificios que pertenecían a la Sociedad de Socorros Mutuos habían sido vendidos, la guarida de los proxenetas abandonada. Sin embargo, había una sola posesión que no podía caer en desuso. Sí en la falta de arreglos. Y también en la desidia y el abandono. Pero, a la manera de una adivinanza, ¿cuál es la única cosa construida por el hombre cuyo uso está garantizado a perpetuidad? Algo que los muertos usan para siempre: el cementerio.
Ese cementerio era también la única institución establecida por los proxenetas y las prostitutas de origen judío de Buenos Aires construida con una concesión de los judíos honrados. Aunque tenían el corazón de piedra para todo lo que estuviera relacionado con los judíos de Socorros Mutuos, no podían darles la espalda en la muerte. La comisión directiva de las noveles Congregaciones Judías Unidas en Argentina fue convocada y se llegó a un atolladero. Ningún judío tendría que ser enterrado como un gentil, Dios los ayude. Pero los judíos decentes de Buenos Aires tampoco tendrían que yacer entre prostitutas. Compartieron su inquietud con José Talmud, quien, como líder de Socorros Mutuos, ocupaba la cabecera de su propia comisión directiva.
—Se acuestan con ellas cuando están vivas —sentenció José—, ¿por qué no acurrucarse en sus brazos cuando están muertas?
Finalmente
se llegó a un acuerdo. Se construiría, hacia el fondo del terreno, un
muro idéntico al que rodeaba la necrópolis, delimitando así un segundo
cementerio que en realidad sería parte del primero: técnica pero no halájicamente, que es como los judíos resuelven todos los problemas que se les presentan.
El muro existente tenía dos metros escasos de altura, una barrera funcional destinada a proteger un espacio sagrado. La instalación de un cementerio judío en una ciudad obsesionada con sus muertos había indicado un nivel de aceptación con el que las Congregaciones Unidas solo se habían atrevido a soñar. Y habían querido demostrar su buena voluntad en el diseño.
Pero ser aceptados un día no significa que nos darán la bienvenida al día siguiente... y los judíos de Buenos Aires no pudieron resistir la tentación de hacer planes para épocas oscuras. De modo que sobre aquel muro modesto levantaron otros dos metros de reja de hierro forjado, cada barrote coronado por una flor de lis. Todas esas puntas y aristas a cuatro metros del suelo le dieron al muro una sensación de rechazo, un carácter desgarrapantalones y una altura imposible de escalar. Las Congregaciones Unidas se permitieron un destello de grandeza en la entrada, con columnas y coronada por una cúpula. Antes de lograr el equilibrio entre ellos, los judíos lo habían alcanzado con el mundo exterior.
Dos grupos de miembros de comisiones directivas se encontraban de pie observando la construcción del nuevo muro. El rabino de la sinagoga occidentalizada había rehusado asistir. Era el joven rabino a la vieja usanza el que se paseaba nerviosamente, asegurándose de que ciertos estándares fueran respetados y horrorizado de encontrarse presidiendo la ceremonia.
Cuando la argamasa se secó, los directivos de las Congregaciones Unidas regresaron para la instalación de la reja. Se sorprendieron al ver a los proxenetas reunidos de su lado. Era un panorama que aquellos judíos honrados habían esperado no volver a ver jamás. Una hilera de afamados rufianes de Socorros Mutuos estaba frente a ellos, incluyendo al todavía robusto Hezzi Doble Filo, a Coco Burstein y a Hayim-Moshe «el Tuerto» Weiss. A las espaldas de José Talmud se erguía el muy corpulento y muy legendario Shlomo el Alfiler.
El muro existente tenía dos metros escasos de altura, una barrera funcional destinada a proteger un espacio sagrado. La instalación de un cementerio judío en una ciudad obsesionada con sus muertos había indicado un nivel de aceptación con el que las Congregaciones Unidas solo se habían atrevido a soñar. Y habían querido demostrar su buena voluntad en el diseño.
Pero ser aceptados un día no significa que nos darán la bienvenida al día siguiente... y los judíos de Buenos Aires no pudieron resistir la tentación de hacer planes para épocas oscuras. De modo que sobre aquel muro modesto levantaron otros dos metros de reja de hierro forjado, cada barrote coronado por una flor de lis. Todas esas puntas y aristas a cuatro metros del suelo le dieron al muro una sensación de rechazo, un carácter desgarrapantalones y una altura imposible de escalar. Las Congregaciones Unidas se permitieron un destello de grandeza en la entrada, con columnas y coronada por una cúpula. Antes de lograr el equilibrio entre ellos, los judíos lo habían alcanzado con el mundo exterior.
Dos grupos de miembros de comisiones directivas se encontraban de pie observando la construcción del nuevo muro. El rabino de la sinagoga occidentalizada había rehusado asistir. Era el joven rabino a la vieja usanza el que se paseaba nerviosamente, asegurándose de que ciertos estándares fueran respetados y horrorizado de encontrarse presidiendo la ceremonia.
Cuando la argamasa se secó, los directivos de las Congregaciones Unidas regresaron para la instalación de la reja. Se sorprendieron al ver a los proxenetas reunidos de su lado. Era un panorama que aquellos judíos honrados habían esperado no volver a ver jamás. Una hilera de afamados rufianes de Socorros Mutuos estaba frente a ellos, incluyendo al todavía robusto Hezzi Doble Filo, a Coco Burstein y a Hayim-Moshe «el Tuerto» Weiss. A las espaldas de José Talmud se erguía el muy corpulento y muy legendario Shlomo el Alfiler.
—El muro ya es lo suficientemente alto —dijo José Talmud—. La reja es un insulto innecesario.
Los
judíos de las Congregaciones Unidas no pensaban que fuera un insulto;
pensaban que se complementaría agradablemente con la reja que rodeaba
el cementerio. Varias feas amenazas ya estaban implícitas. José no tuvo
necesidad de agregar nada más. Señaló el muro y se limitó a decir:
—Esta será toda la separación.
Los
judíos decentes pusieron caras largas. Miraron al rabino, pero él no
pudo apoyarlos. Un sólido muro de dos metros era una separación según
cualquier parámetro: bastaría para una mechitza o un sukkah o
para acorralar a un buey corneador. Mientras se discutían los puntos
más delicados, José Talmud hizo una seña. Un nervioso Doble Filo empezó
a acercarse y Shlomo el Alfiler cerró los dedos de su mano derecha en
un puño apretado como un garrote. Feigenblum, primer presidente de las
Congregaciones Unidas y padre del segundo, vio la maniobra por el
rabillo del ojo. Consideró que era un momento excelente para acatar la
palabra del joven rabino e iniciar una rápida huida.
Los proxenetas no querían ser ciudadanos de segunda, como tampoco querían serlo sus hermanos que habían exigido la construcción del muro. Cuando tuvieron que colocar la fachada de su cementerio ordenaron una réplica —pero un metro más alta— de la gran entrada con cúpula que daba la bienvenida a los deudos del lado de las Congregaciones Unida.
Gracias a Dios, una vez más, todo llegó a buen término. José Talmud pudo morir en paz y ahorrarse ver a sus dos hijos, ambos abogados, recibiendo a Kadish en el living de sus grandes casas y negando su origen. Lo mismo ocurrió en los encuentros con la hija del Tuerto y el hijo de Henya el Mudo. Todo lo que esos hijos tenían había sido obtenido y pagado a la manera de Socorros Mutuos.
Fue Lila Finkel —de cuya madre, Bryna la Vagina, se decía que era dueña de una perspicacia incisiva y también de una concha de oro puro— quien se hizo cargo de desasnar a Kadish.
Los proxenetas no querían ser ciudadanos de segunda, como tampoco querían serlo sus hermanos que habían exigido la construcción del muro. Cuando tuvieron que colocar la fachada de su cementerio ordenaron una réplica —pero un metro más alta— de la gran entrada con cúpula que daba la bienvenida a los deudos del lado de las Congregaciones Unida.
Gracias a Dios, una vez más, todo llegó a buen término. José Talmud pudo morir en paz y ahorrarse ver a sus dos hijos, ambos abogados, recibiendo a Kadish en el living de sus grandes casas y negando su origen. Lo mismo ocurrió en los encuentros con la hija del Tuerto y el hijo de Henya el Mudo. Todo lo que esos hijos tenían había sido obtenido y pagado a la manera de Socorros Mutuos.
Fue Lila Finkel —de cuya madre, Bryna la Vagina, se decía que era dueña de una perspicacia incisiva y también de una concha de oro puro— quien se hizo cargo de desasnar a Kadish.
—Respirá hondo —dijo Lila. Kadish obedeció—. ¿Podés olerlo en el aire? —le preguntó.
Kadish pensó que podía.
—Así
huele la buena fortuna, Poznan. Estamos en temporada de prosperidad y
nunca nos había ocurrido antes, por lo menos no de esta manera.
Era
el apogeo de Evita, de la liberación de los obreros, de los
descamisados. Las fábricas estaban en pleno ascenso con Perón, y Lila
le describió a Kadish el cuadro de la clase media ascendiendo con ellas
y haciendo lugar para los judíos. Todo lo que le pedía era que se
uniera a ellos y mirara hacia el futuro. No había ninguna razón para
remover recuerdos desagradables y ya olvidados. Kadish no se dejaba
convencer y la paciencia de Lila comenzaba a agotarse.
—Pensá
un poco —dijo, dándose un golpecito seco en la sien—. ¿A quién le va
mejor? —Otra adivinanza—. ¿Al hombre sin futuro o al hombre sin pasado?
Por eso levantaron el muro. Para que un buen día los judíos pudieran
unirse y nosotros pudiéramos entrar en el cementerio de las
Congregaciones Unidas con alegría, no con tristeza, y para que todos
nosotros, mirando ese muro, pudiéramos olvidar juntos lo que hay del
otro lado.
Salvo que a Kadish Poznan el futuro no le parecía más brillante que el pasado. Todavía no había conocido a Liliana ni se había casado con ella, y faltaba mucho para el nacimiento de su hijo. Al no poder visitar la tumba de Favorita, su madre, Kadish no tenía absolutamente a nadie.
Salvo que a Kadish Poznan el futuro no le parecía más brillante que el pasado. Todavía no había conocido a Liliana ni se había casado con ella, y faltaba mucho para el nacimiento de su hijo. Al no poder visitar la tumba de Favorita, su madre, Kadish no tenía absolutamente a nadie.
—¿Y
qué? —dijo Lila—. En la historia de todos los pueblos hay épocas que
es mejor olvidar. Esta es la nuestra, Poznan. Dejala ir.
Entre
los hijos que no reconocían la existencia de sus padres había otro,
aparte de Lila, que se había sentido muy molesto por lo que Kadish
decía. Cuando volvió al cementerio y se agachó para entrar, Kadish
descubrió que habían agregado una cadena a la puerta, hecho una
soldadura al tuntún y, como última medida, usado alquitrán para tapar
los agujeros de ambas cerraduras. Le dio una patada que hizo retumbar
la cúpula y asustó a una paloma que salió volando de lo alto. Kadish
recordó lo que Lila le había dicho y volvió al sector de las
Congregaciones Unidas. Entró por la puerta siempre abierta, cruzó los
cuidados senderos hasta llegar... y llegó, raspándose los zapatos
contra el ladrillo al trepar el muro. Allí encaramado y contemplando el
sector de Socorros Mutuos, Kadish se preguntó si alguna vez habrían
levantado un muro que nadie se las hubiera ingeniado para cruzar. Aquel
no era precisamente un desafío. No pretendía detener a los vivos, sino
separar a los muertos.
Fue una buena solución para Kadish y, cuando se propagó el rumor, para el resto de la comunidad judía a ambos lados del muro. De tanto en tanto divisaban a Kadish trepando hacia el sector de Socorros Mutuos o dejándose caer, ya de regreso, entre las parcelas de las Congregaciones Unidas. Pero nadie se dio jamás por aludido. Capaces como eran de olvidar hasta al último muerto enterrado en ese cementerio de rufianes, no les resultó difícil sumar a uno más. A partir de entonces, fue como si no existiera. Los judíos también se olvidaron de Kadish Poznan.
Y las cosas continuaron de ese modo durante mucho, muchísimo tiempo. Así trataban a Kadish cuando se enamoró de Liliana, y cuando ella, Dios la bendiga, se enamoró de él. Los judíos de Buenos Aires hicieron lugar para ella en su olvido: no era un asunto menor, teniendo en cuenta que su familia militaba en las filas de las Congregaciones Unidas. (Lamentablemente, también sus padres se plegaron. ¿Qué se hace con una hija que insiste en casarse con el hijo de una puta? ¿Por qué Liliana se había buscado al único judío orgulloso de ser hijo de una prostituta?) Y así continuó la situación para ellos cuando Evita murió dos años más tarde, y continuaba igual cinco años después, cuando Perón fue derrocado. Las visitas de Kadish a la tumba de su madre se volvieron más frecuentes después del nacimiento de Pato. Su madre era el único eslabón inquebrantable con el pasado.
Ni siquiera el nombre de Kadish le había sido puesto por su familia; el joven rabino lo había elegido y esa amabilidad a medias era lo máximo que le habían ofrecido los judíos honestos. Enfermizo, débil y por puro instinto de supervivencia, Kadish consiguió pasar su primera semana de vida a duras penas. Su madre —una mujer creyente— pidió que llamaran al rabino a la casa de José Talmud para salvarlo. El rabino no cruzó el umbral. Parado al rayo del sol en la calle Ombú, vislumbró en el vestíbulo al bebé en brazos de Favorita. Su juicio fue instantáneo:
Fue una buena solución para Kadish y, cuando se propagó el rumor, para el resto de la comunidad judía a ambos lados del muro. De tanto en tanto divisaban a Kadish trepando hacia el sector de Socorros Mutuos o dejándose caer, ya de regreso, entre las parcelas de las Congregaciones Unidas. Pero nadie se dio jamás por aludido. Capaces como eran de olvidar hasta al último muerto enterrado en ese cementerio de rufianes, no les resultó difícil sumar a uno más. A partir de entonces, fue como si no existiera. Los judíos también se olvidaron de Kadish Poznan.
Y las cosas continuaron de ese modo durante mucho, muchísimo tiempo. Así trataban a Kadish cuando se enamoró de Liliana, y cuando ella, Dios la bendiga, se enamoró de él. Los judíos de Buenos Aires hicieron lugar para ella en su olvido: no era un asunto menor, teniendo en cuenta que su familia militaba en las filas de las Congregaciones Unidas. (Lamentablemente, también sus padres se plegaron. ¿Qué se hace con una hija que insiste en casarse con el hijo de una puta? ¿Por qué Liliana se había buscado al único judío orgulloso de ser hijo de una prostituta?) Y así continuó la situación para ellos cuando Evita murió dos años más tarde, y continuaba igual cinco años después, cuando Perón fue derrocado. Las visitas de Kadish a la tumba de su madre se volvieron más frecuentes después del nacimiento de Pato. Su madre era el único eslabón inquebrantable con el pasado.
Ni siquiera el nombre de Kadish le había sido puesto por su familia; el joven rabino lo había elegido y esa amabilidad a medias era lo máximo que le habían ofrecido los judíos honestos. Enfermizo, débil y por puro instinto de supervivencia, Kadish consiguió pasar su primera semana de vida a duras penas. Su madre —una mujer creyente— pidió que llamaran al rabino a la casa de José Talmud para salvarlo. El rabino no cruzó el umbral. Parado al rayo del sol en la calle Ombú, vislumbró en el vestíbulo al bebé en brazos de Favorita. Su juicio fue instantáneo:
—Que
su nombre sea Kadish para alejar al ángel de la muerte. Un truco y una
bendición. Que este niño sea el que llora y no el que es llorado.
Suponiendo
una paternidad ausente más allá del acto físico (y comercial), el
rabino dio a Kadish el apellido que acompaña la leyenda: por Poznan
sabemos que el retoño nacido de varón con prostituta no resultará
bueno. Favorita repitió el nombre: Kadish Poznan. Lo alejó apenas de su
cuerpo y lo dio vuelta, como si fuera a tomarle las medidas. El rabino
no sonrió ni se despidió. Simplemente retrocedió hasta la
alcantarilla, sintiendo que le había hecho un bien al niño. Que el
nombre de Kadish lo salvara. Y si el niño era honrado, que se liberara
del apellido por sus propios medios.
De haber sabido el origen de su nombre, Kadish no se habría sentido condenado. Era feliz con su familia. Creía en un futuro brillante para su hijo. Y por mucho que le crujiesen las rodillas cuando trepaba ese muro, por muy livianamente y con muy poco jadeo que intentara aterrizar, tampoco había abandonado su propia esencia. Si ella lo hubiera reconocido en los veinticinco años transcurridos, Kadish le habría dicho a Lila Finkel que en parte tenía razón. Por dura que fuese la vida, tenía sentido vivirla con un poco de esperanza. Quizá por eso Kadish nunca había necesitado a sus congéneres judíos ni ellos a él.
Ese equilibrio se mantuvo en la época de los Montoneros y el ERP Y después del derrocamiento de Onganía. Durante esas dos décadas la comunidad prosperó y alcanzó cierto estatus. Y Kadish estaba convencido de que él habría prosperado más que nadie si alguno de sus proyectos hubiera resultado.
Los judíos no sintieron gran necesidad de confiar y alegrarse cuando Perón volvió al poder. Seguramente eso no los hizo pensar en el tratamiento que le habían dado a Kadish Poznan durante todos esos años. La comunidad dio un respingo colectivo cuando, en el recibimiento de Perón, se produjo una masacre entre la multitud que había acudido a darle la bienvenida. Hubo algunos en Once y Villa Crespo que agitaron las rodillas nerviosamente durante el breve reinado de Perón, y hubo dos hermanos en dos grandes casas en Palermo que empezaron a comerse las uñas en serio cuando murió.
Perón dejó a su pueblo con una bailarina de cabaret en la Casa Rosada, incapaz de conducirlo. En esa época de gran incertidumbre y rumores ominosos, algunos afortunados empezaron a temer que los envidiosos y mal dispuestos hurgaran en el pasado. Aunque los cadáveres aumentaban, no había entierros. Fue un período definido más por lo que sacó a la luz que por cualquier otra cosa. Tantos secretos se desenterraban en Buenos Aires que cualquiera podía tropezarse con alguno por accidente. Fue entonces cuando los hijos de Socorros Mutuos reconocieron lo que Kadish había sabido desde siempre: el muro que separaba los dos cementerios no era tan alto. Tan desesperados estaban entonces por que no los vincularan con Socorros Mutuos que recurrieron al único que no había abandonado aquel oprobio. Contrataron a Kadish Poznan para que traspasara el muro. Le pagaron muy buen dinero para borrar los nombres.
De haber sabido el origen de su nombre, Kadish no se habría sentido condenado. Era feliz con su familia. Creía en un futuro brillante para su hijo. Y por mucho que le crujiesen las rodillas cuando trepaba ese muro, por muy livianamente y con muy poco jadeo que intentara aterrizar, tampoco había abandonado su propia esencia. Si ella lo hubiera reconocido en los veinticinco años transcurridos, Kadish le habría dicho a Lila Finkel que en parte tenía razón. Por dura que fuese la vida, tenía sentido vivirla con un poco de esperanza. Quizá por eso Kadish nunca había necesitado a sus congéneres judíos ni ellos a él.
Ese equilibrio se mantuvo en la época de los Montoneros y el ERP Y después del derrocamiento de Onganía. Durante esas dos décadas la comunidad prosperó y alcanzó cierto estatus. Y Kadish estaba convencido de que él habría prosperado más que nadie si alguno de sus proyectos hubiera resultado.
Los judíos no sintieron gran necesidad de confiar y alegrarse cuando Perón volvió al poder. Seguramente eso no los hizo pensar en el tratamiento que le habían dado a Kadish Poznan durante todos esos años. La comunidad dio un respingo colectivo cuando, en el recibimiento de Perón, se produjo una masacre entre la multitud que había acudido a darle la bienvenida. Hubo algunos en Once y Villa Crespo que agitaron las rodillas nerviosamente durante el breve reinado de Perón, y hubo dos hermanos en dos grandes casas en Palermo que empezaron a comerse las uñas en serio cuando murió.
Perón dejó a su pueblo con una bailarina de cabaret en la Casa Rosada, incapaz de conducirlo. En esa época de gran incertidumbre y rumores ominosos, algunos afortunados empezaron a temer que los envidiosos y mal dispuestos hurgaran en el pasado. Aunque los cadáveres aumentaban, no había entierros. Fue un período definido más por lo que sacó a la luz que por cualquier otra cosa. Tantos secretos se desenterraban en Buenos Aires que cualquiera podía tropezarse con alguno por accidente. Fue entonces cuando los hijos de Socorros Mutuos reconocieron lo que Kadish había sabido desde siempre: el muro que separaba los dos cementerios no era tan alto. Tan desesperados estaban entonces por que no los vincularan con Socorros Mutuos que recurrieron al único que no había abandonado aquel oprobio. Contrataron a Kadish Poznan para que traspasara el muro. Le pagaron muy buen dinero para borrar los nombres.
Pato
se agachó detrás de la lápida de Hezzi. Clavó las rodillas en la
tierra y apretó el hombro contra la piedra. Merrándola por los
costados, se abrazó a ella, listo para el primer golpe de Kadish. Pato
ofrecía resistencia.
—Es para lo único que servís —había dicho Kadish—. Tendríamos que aprovecharlo.
Era
un trabajo delicado. Kadish no quería derribar esa lápida. y a Pato le
gustaba escabullirse de su padre cada vez que podía. No quería estar
ahí. No quería cruzar el cementerio de las Congregaciones Unidas, no
quería cargar la caja de las herramientas ni trepar el muro. No quería
tomar parte en los planes ridículos, perversos y desprolijos de su
padre. A sus diecinueve años, ya en la universidad, Pato estudiaba
sociología e historia, cosas importantes que solo se pueden aprender en
un ámbito universitario. No tenía interés en el mundo rufianesco del
que provenía Kadish.
Para llegar a algún lado con semejante hijo era mejor hacer lo que hacía Kadish y considerar la presencia de Pato como un signo de aquiescencia. Kadish no esperaba mucho más. Para un muchacho que quiere dar la imagen de un tipo rudo e independiente y quiere creer, mientras está en presencia de su padre, que es un hombre que se ha hecho solo, ciertas emociones son confusas y vergonzosas. Pato intentaba mantenerlas a raya. A pesar de los numerosos rasgos de carácter que no podía tolerar, de los infinitos puntos de desacuerdo y de los choques cotidianos, debajo de todo aquello y desafiando toda lógica, Kadish era el padre que amaba.
Para llegar a algún lado con semejante hijo era mejor hacer lo que hacía Kadish y considerar la presencia de Pato como un signo de aquiescencia. Kadish no esperaba mucho más. Para un muchacho que quiere dar la imagen de un tipo rudo e independiente y quiere creer, mientras está en presencia de su padre, que es un hombre que se ha hecho solo, ciertas emociones son confusas y vergonzosas. Pato intentaba mantenerlas a raya. A pesar de los numerosos rasgos de carácter que no podía tolerar, de los infinitos puntos de desacuerdo y de los choques cotidianos, debajo de todo aquello y desafiando toda lógica, Kadish era el padre que amaba.
—Dale —dijo Pato, empujando contra el mármol—. Pegale de una buena vez. Terminemos con esto.
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Nathan Englander (Nueva York, 1970) es un escritor
judeo - norteamericano.
Fue seleccionado por la revista The New Yorker como uno de los "21 novelistas del siglo XXI", publicó en medios reconocidos como The Atlantic Monthly, y sus relatos se incluyeron en diversas antologías como The Best American Short Stories. En 1999 se editó la colección de relatos "Para el alivio de insoportables impulsos". Vive en Nueva York.
judeo - norteamericano.
Fue seleccionado por la revista The New Yorker como uno de los "21 novelistas del siglo XXI", publicó en medios reconocidos como The Atlantic Monthly, y sus relatos se incluyeron en diversas antologías como The Best American Short Stories. En 1999 se editó la colección de relatos "Para el alivio de insoportables impulsos". Vive en Nueva York.
Ministerio de casos Especiales (Mondadori, 2009) se encuentra disponible en nuestra Biblioteca.
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